AUTORIDADES SIMBOLOS INSTITUCIONES HISTORIA HUMOR
PLATOS TIPICOS FOLCKLORE EMERGENCIAS PERSONAJES

MANUELITA SÁENZ Y SIMÓN BOLÍVAR

En 1822, el ya aclamado Libertador visita Quito. En medio de una gran fiesta celebrada en la capital ecuatoriana Bolívar conoce a Manuela Sáenz, una joven rebelde casada por conveniencia familiar con un negociante inglés. La leyenda cuenta que el flechazo fue instantáneo y que, a partir de ese momento, Manuelita se convirtió en la amante de El Libertador.
El amor de Bolívar y Manuela, enmarcado dentro de las revoluciones políticas que vivía el continente sudamericano, estuvo caracterizado por románticas cartas y fugaces encuentros. Además de ser una celosa amante, Manuela llegó a ser la confidente política de El Libertador. Sus intereses en la política y su relación con Bolívar en poco tiempo la convirtieron en coronela del ejército bolivariano. La valentía de Manuela y su amor por El Libertador llegaron a su máxima expresión una noche de 1828 cuando unos oficiales alzados intentaron asesinar a Bolívar quien se encontraba con Manuela en el Palacio Presidencial. Gracias a la astucia de Manuela, El Libertador logra escapar por la ventana a tiempo y evita el encuentro con la muerte. Desde ese día, el propio Bolívar la llamó la libertadora de El Libertador.
Tras la muerte de Bolívar, Manuela fue blanco del repudio colectivo. Exiliada de su país natal y con prohibición de entrada a Colombia, se instaló en el Puerto de Paita en Perú. Sucumbida en una terrible amargura y atada a una silla de ruedas, Manuela vivió sus últimos años recordando a sus amores con el Libertador hasta que muere por causa de una terrible epidemia en 1865.
La Libertadora del Libertador nace en Quito (Ecuador) en 1797 y muere en Paita (Perú) en 1856, compañera de El libertador Simón Bolívar. "Caballeresa del Sol" fue el nombre que recibió Manuela Sáenz al recibir la más alta condecoración que el revolucionario concedía a los militantes de la causa patriota, la del Sol. "La Sáenz" era como la llamaban respectivamente los que no la querían (los enemigos de Bolívar, que no eran pocos), y como ella misma se llamaba para demostrar su desprecio por ellos y por las preocupaciones con certeza, esto ni a ella misma le importaba declaraba: "Mi país es el continente de América. He nacido bajo la línea del Ecuador". Sin embargo, el dato más aceptado es Quito - Paita, 1856. Su padre fue Simón Sáenz y Vergara, un español miembro del Concejo de la ciudad de Quito, capitán de la milicia del rey y recaudador de los diezmos del reino de Quito, casado con María del Campo. Joaquina Aispuru era su madre, quiteña, que legó a Manuela el odio de su familia por haberla deshonrado con un amor ilícito.
En 1822, a los veinticuatro años, Manuela ya era la esposa de un acaudalado comerciante inglés Thome, natural de Aylesbury. Era señora de un gran casa en Lima y de otra en las afueras (Magdalena); había sido condecorada con la Orden del Sol, el 23 de enero de 1822, por haber convencido a su medio hermano, un capitán del regimiento de Numancia del ejército realista, y a demás oficiales de la unidad, para que se pasaran al campo de los patriotas.
Ese año, Manuela Sáenz regresó a Quito, al encuentro de El Libertador y de la proclama de la libertad la ciudad y la incorporación oficial del país a la República de la Gran Colombia. El 16 de junio, en el baile de gala con el que se celebró la liberación, conoció a Simón Bolívar. Desde este día se convirtió en su sombra: fue la última mujer con quien Bolívar sostuvo un amor continuo, después de su esposa, María Teresa del Toro, veinte años antes; fue su confidente, cuidó y salvaguardó archivos, protegió su vida, y sus intereses políticos fueron los de ella. Manuela volvía a una ciudad que la había despreciado por haber abandonado el convento de Santa Catalina en 1815, su hogar desde que murió su madre, para irse con un oficial de la Guardia Real, Fausto D'Elhúyar. Este hecho hizo que su condición de hija ilegítima fuera esgrimida con vehemencia por una sociedad intolerante que siempre la llamó "bastarda" y la expulsó de su seno. Ahora volvía a hacerlo, pues Manuela repetía la historia con El Libertador. Desde este día, la vida de Manuela se regiría por la de Bolívar. Antes se había regido por la de su padre, cuando concertó su matrimonio en Panamá, a donde viajó al ser expulsada del convento James Thome intentó lo propio, pero ni aún los derechos conyugales se lo permitieron.
En 1823 Bolívar fue a Lima para poner fin a la guerra civil que se había desatado, y allí se instaló con Manuela, aun cuando en esa ciudad estaba su residencia con Thome (él estaba en Chile), menospreciando las consecuencias sociales que ésta circunstancia pudiera traerle. Sin embargo, resultó ser un punto a favor para sus intereses personales y para los intereses políticos de la independencia. Manuela sabía moverse tanto entre la "buena sociedad" de Lima, como entre los comerciantes (ingleses y limeños) y los patriotas, y estar al tanto de lo que pasaba y podía pasar en la ciudad. En octubre de ese año fue incorporada en forma oficial al Estado Mayor de Bolívar, a petición del coronel Daniel O'Leary. Fue encargada de los archivos personales de El Libertador y se le otorgó el grado de coronela, por lo que vistió casaca azul, vueltas y cuello rojos.
El 1 de diciembre de 1827 salió para Bogotá, ante la solicitud de Bolívar de reanimar "una vida que está expirando". En esta ciudad debió enfrentar un grupo grande de detractores, entre los que se encontraban Francisco de Paula Santander y José María Córdova enemigos declarados de la Sáenz. "Tendría 29 a 30 años cuando conocí en toda su belleza. Algo gruesa, ojos negros, mirada indiferente sonrosada sobre fondo blanco, cabellos negros, artísticamente y lo más bellos dedos del mundo (...) era alegre, conversaba poco; fumaba con gracia. Poseía un secreto encanto para hacerse amar la describió Jean-Baptiste Boussingault, un profesor de ciencias que Santander trajo a Colombia en 1824, y con quién Manuela compartió muchos momentos políticos y sociales. Durante los pocos meses de vida en Bogotá, Manuela vivió en la Quinta de Bolívar casa situada "a la sombra de los cerros de monserrate", construida por José Antonio Portocarrero a principios de siglo y que, por motivos de guerras de independencia, pasó a manos de Bolívar en 1820.
El 24 de julio de 1828, no obstante encontrarse Bolívar en el Palacio de San Carlos, ejerciendo sus poderes dictatoriales sobre la república (luego de la disolución de la Convención de Ocaña, el 11 de junio y, consecuentemente, del Congreso), Manuela celebró el cumpleaños de Bolívar en la Quinta. En transcurso de la fiesta, ella realizó un fusilamiento simbólico de Santander, "ejecutando por traición rezaba el letrero colgado del muñeco". Parece que la descarga se escuchó perfectamente en todo, con este acto, la política de reestructuración de la República que adelantaba Bolívar, estuvo a punto de derrumbarse. En la primera semana de agosto de ese mismo año, y a pesar de la orden de Bolívar de que permaneciera alejada del público, Manuela Sáenz puso treinta y dos pesos de plata en manos de don Pedro Lasso de la Vega por la casa marcada con el número 6-18 de la calle 10, para así estar más cerca al Palacio de San Carlos, es decir, de Bolívar.
Esta cercanía y la conjugación de sus talentos físicos con sus habilidades políticas le permitieron a Manuela saber de la conspiración par matar al General, conspiración que tomó fuerza por el descontento en casi todos los estratos. Los soldados se quejaban por el atraso en los pagos, las mujeres, de la carestía, la aristocracia, de la pérdida de privilegios, los comerciantes, por el detrimento en sus negocios los intelectuales, por la falta de libertad. En la conspiración, se rumoraba. Estaba implicado Santander; el primer intento fue en el mes de agosto, en la fiesta de máscaras en el teatro El Coliseo (Colón), del que se salvó gracias a la acción involuntaria de Manuela. El segundo intento fue el 25 de "septiembre", en el Palacio de San Carlos. Esta vez fue la acción premeditada de Manuela la que hizo que de el saliera ilesos, por ello fue llamada por Bolívar "la libertadora del Libertador". El 20 de enero de 1830, Bolívar presentó su renuncia a la presidencia. El 8 de mayo emprendió el viaje hacia la muerte, ocurrida el 17 de diciembre en Santa Marta.
Desde su partida, los ataques contra Manuela tomaron forma y nombre: Vicente Azuero se encargó de incitar a la gente a manifestar su descontento con La Sáenz, mediante carteles, "papeluchas" y actos como la quema de dos muñecos en la fiesta del Corpus Christi, en los que personificaron a Manuela y a Bolívar bajo los nombres de Tiranía y Despotismo. La reacción de Manuela fue obvia: destruyó las figuras del andamiaje que las sostenía. El resentimiento santafereño cedió a las acciones de Azuero; sin embargo, Manuela recibió el apoyo del sector que menos esperaba, las mujeres: "Nosotras, protestamos de esos provocativos libelos contra esa señora que aparece en los muros de todas las calles (...) La señora Sáenz, a la que nos referimos, no es sin duda una delincuente". El gobierno a punto de considerar éste y otros llamados de "las mujeres liberales", como ellas mismas se llamaban en un folleto, "La Torre de Babel", escrito por Manuela Sáenz, en el que no sólo ponía de manifiesto la ineficacia e ineptitud de los rectores del Gobierno, sino que revelaba secretos de Gobierno; hizo que se le acusara de actos "provocativos y sediciosos", y se procediera a encarcelarla, por lo menos virtualmente.
En los últimos días de 1830, Manuela emprendió el viaje hacia Santa Marta para cuidar la salud de Bolívar, pero sólo llegó hasta Honda. Allí recibió una carta de Louis Perú de Lacroix, un joven veterano de los ejércitos de Napoleón, edecán del general hasta hacía poco, que decía: "Permítame usted, mi respetada señora, llorar con usted la pérdida inmensa que ya habremos hecho, y que habrá sufrido toda la república, y prepárese usted a recibir la última fatal noticia" (18 de diciembre de 1830). Desde ese momento, Manuela perdió su objetivo en la vida. Con la muerte de Bolívar, el desprecio por ella se desbordó, por lo que decidió partir hacia Guanacas del Arroyo; sin embargo, la persecución no cedía de enero de 1834 Santander firmó el decreto que la desterró definitivamente de Colombia. Fue a Guayaquil, a donde llegó en octubre de 1835. También tuvo que partir de Guayaquil, pues el gobierno de Ecuador no la quería allí, viajó, entonces, a Paita, puerto peruano en el que llegaban balleneros de Estados Unidos. Allí, en un desvencijado edificio, se leía: "Tobbaco. English spoken. Manuela Sáenz". La pobreza la acompañó durante los últimos años, y finalmente también la invalidez.
El 11 de agosto de 1847 se enteró de la muerte de su marido, James Thome, asesinado el 19 de ese año. En su testamento, Thome devolvía a Manuela los ocho mil pesos de la dote de los intereses de embargo, ese dinero nunca Llegó a sus manos. Así, inválida, acompañada por Simón Rodríguez (maestro del Libertador), quien también terminó su vida en Paita (1854), y las cartas del general Ol´eary, acabó la vida de Manuela Sáenz, víctima de una extraña epidemia que llegó al puerto en algún barco el 23 de noviembre de 1856.